Por: Dra. Sindy Melissa Godínez De León
En los últimos doscientos años el desarrollo de la tecnología ha tenido un impacto directo en la forma de concebir la arquitectura, de aprenderla, de materializarla, así como de vivirla. Dicha transformación no solo se debe a la implementación del acero y el concreto como materiales estructurales, o al uso del ascensor para generar tipologías de torre, o a la reciente inclusión de softwares para la generación de arquitectura paramétrica. El cambio fue influenciado por la rápida densificación y sobrepoblación de las áreas urbanas, la innovación de procesos en la industria, pero también a la inclusión de equipamiento y sistemas automatizados que buscaban optimizar la operatividad de los ambientes residenciales, de trabajo, comercio, producción, recreación y, sobre todo, los edificios destinados a la salud.








Los espacios de prevención-cura tuvieron una reconfiguración motivada por los descubrimientos realizados en la rama de la medicina clínica y la implementación de los repartos de alta complejidad tecnológica del siglo XIX. Una de las precursoras de estas modificaciones fue la enfermera Florence Nightingale que propuso pabellones largos separados por jardines, ambientes con ventanas que permitían la ventilación cruzada y la entrada de luz natural. Esta nueva distribución redujo los contagios entre los pacientes internos. Nightingale propuso la higiene como principio de diseño, era fiel creyente que la arquitectura podía prevenir enfermedades sin embargo también mencionaba que no solo era necesario tener repartos con materiales lavables, evitar superficies rugosas un buen control de aire y de drenajes, sino que también era importante que el paciente estuviera tranquilo, tener silencio, calma, y brindarle espacios dignos con vistas a exteriores para una pronta recuperación.
A inicios del siglo XX los espacios destinados a la salud vuelven a enfrentar una reorganización guiada por el funcionalismo, caracterizado por la búsqueda de soluciones prácticas y racionales con énfasis en la separación de circulaciones, ambientes conectados estratégicamente en sectores de servicios, diagnóstico, cura e internación. La tendencia en los espacios de cura era el minimalismo, que utilizaba líneas limpias y ambientes neutrales. Se implantó la idea que lo correcto era diseñar un hospital de muros blancos ya que era sinónimo de pulcritud y saneamiento. Aunque los edificios eran eficientes, los interiores fueron cada vez más modulares, fríos e impersonales. Es a finales de la década de los 70 del siglo pasado, cuando se retoma la idea que el ambiente físico tiene un impacto directo en el estado de ánimo y la recuperación de las personas. Es en este punto donde comienzan a formularse las bases del diseño salutogénico. Esta corriente fue desarrollándose paralelamente al diseño basado en evidencias y a finales del siglo XX, se incorpora el diseño centrado en el paciente, integrándose posteriormente el concepto de neuroarquitectura que toma en consideración la reacción del cuerpo a determinados estímulos arquitectónicos y la implementación de ambientes que reduzcan el estrés favoreciendo emociones positivas a través de estímulos lumínicos, acústicos y materiales que promueven la interconectividad sensorial usando como apoyo la automatización en los diferentes sistemas de los recintos.
Entre los ejemplos recientes de edificios dedicados a la salud que aplican principios de neuroarquitectura podemos mencionar la nueva ala quirúrgica y de urgencias del Hospital San Raffaele de Milán, que inició operaciones en el 2022 y que fue diseñado por el despacho del arquitecto Mario Cucinella. Su característica principal es la utilización de una piel exterior de láminas cerámicas que modulan la radiación solar con recubrimiento fotocatalítico. El edificio está diseñado para mantener las temperaturas estables en las áreas de quirófanos e intensivos, manteniendo las presiones requeridas por la normativa para repartos aislados.

Un segundo ejemplo es el Nancy Friend Pritzker Psychiatry Building UCSF, En San Francisco, que abrió sus puertas en el 2022, el edificio está enfocado en la salud mental, integra luz natural, prioriza la experiencia emocional para el usuario, en su interior predominan los colores cálidos, el paciente tiene conexión visual con el paisaje y patios interiores y el edificio posee espacios con estímulos sensoriales que reducen la ansiedad.

Podemos concluir que hoy por hoy se mantienen las principales estrategias de epidemiología ambiental asentadas por Nightingale, además se han agregado a la ecuación elementos como la sostenibilidad, el diseño sensorial, el confort ambiental, el diseño biofílico, el diseño basado en el equilibrio neuro hormonal, todos ellos, vitales para que los espacios de prevención-cura sean entornos físicos saludables. Es un hecho que la salud es integral, y está compuesta por la salud física y mental y que nuestro sistema nervioso es una pieza clave en la fórmula salud-enfermedad. Es por ello por lo que los formadores de nuevas generaciones de arquitectos debemos fomentar la transdisciplinariedad en la investigación y generación de propuestas arquitectónicas. Es importante que juntos demos respuesta a interrogantes como: ¿Cuál es el reto de las futuras generaciones de arquitectos cuando la tendencia es la reducción de los espacios? ¿Es posible alcanzar un estado pleno y de bienestar en ambientes reducidos? ¿Qué características deben de tener estos ambientes para poder activar nuestras hormonas del bienestar?
La segunda mitad del siglo XXI apunta a que una arquitectura saludable va más allá de los metros cuadrados, una arquitectura preventiva-curativa deberá enfocarse en estimular al usuario a través de elementos sensoriales que equilibren las hormonas del bienestar, a través del uso estratégico del color, diseño de ambientes ventilados e iluminados que permitan regular nuestros ciclos circadianos y ayuden al desarrollo de un estado emocional para que el entorno nos ayude a sobrellevar el ritmo frenético de las grandes ciudades, el burnout y la constante exposición a la hiperconectividad y sobreestimulación en el cual nos encontramos actualmente. Nuestra meta y nuestra responsabilidad es fomentar el diseño de edificios que previenen y sanan.
Semblanza Dra. Sindy Melissa Godínez De León
Arquitecta guatemalteca experta en proyectos de infraestructura hospitalaria. Ha colaborado con instituciones públicas y privadas como asesora de proyectos hospitalarios. En el año 2010 se desempeña como evaluadora de hospitales en la Organización Panamericana de la Salud en el Programa Índice de Seguridad Hospitalaria. En 2011 se especializa en Políticas Públicas para la reorganización de redes de salud para países en vías de desarrollo y estructuras sociosanitarias en riesgo en la Universidad de Bologna. Realizó trabajos de asesoría y supervisión para el Instituto de Salud Incluyente y la Cruz Roja Española en Guatemala. En 2014 colabora como investigadora en el Departamento de Ingeniería de la Universidad de Ferrara en donde realiza el Doctorado en Ingeniería Hospitalaria. De 2017 a 2019 trabaja como profesora de planta en la Universidad Turco-chipriota. Girne American University. Actualmente es Profesora Asociada en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Monterrey en México.




