El agua de Monterrey, un atisbo a su historia

Ing. Leopoldo Espinosa Benavides, Cronista de la Ciudad

La Ciudad de Monterrey se ubica en una región semiárida y consigue agua de la Llanura Costera del Golfo y de la Sierra Madre Oriental. Se han construido tres presas y sigue una cuarta; más los pozos profundos de una zona desértica que en la edad de hielo fue glaciar, ubicada en Mina y García, y además se extrae líquido de galerías cercanas.

Para la fundación de la Ciudad Metropolitana de Nuestra Señora Monterrey, se seleccionó un lugar que cumpliera los requisitos de las Leyes de Indias y las Ordenanzas, con recursos naturales de agua para usos humanos, agrícolas y ganaderos. 

Los entusiasmados fundadores encontraron numerosas fuentes de abasto como: el Río Santa Catalina, de aguas constantes que se crecía en épocas de lluvia; y Galerías subterráneas que brotaban en tres Ojos de Agua que formaban el Río Santa Lucía, en cuyas riberas había hermosos bosques de árboles frutales.

Ambos ríos regaban las labores de siembra por acequias administradas por el Regidor de Aguas, un miembro del Cabildo que trataba exclusivamente su uso. Esta figura funcionó hasta la Constitución de 1857 que la transformó en una Comisión.

La Ciudad siempre supo que su relación con el agua sería determinante. En 1612 se desbordó el Río Santa Lucía y la destruyó. Ante ello Monterrey se reubicó al Sur, a una cota más alta, en torno de la Plaza Zaragoza (Plaza Mayor o de Armas), trazándose una nueva red de acequias que nutrían los centros agrícolas cercanos. 

Pero en 1782 surgió la primera crisis hídrica, causada por el aumento de población que trajo también problemas sanitarios. Porque los Ojos de Agua limpia se contaminaba al llegar al Barrio de Tenerías, pues acequias y ríos se usaban como drenaje y vertedero de desechos. 

En el siglo XVIII el Río Santa Catarina se convirtió en subterráneo dejando a la Ciudad solo con el Santa Lucía. Y en 1786 -hace 238 años-, llegó el “año del hambre”, desastrosa sequía que provocó escasez y mortandad por enfermedades derivadas de la insalubridad de las nimias aguas.

Ante esto, los regiomontanos respondieron con Ingeniería, construyendo las dos primeras grandes obras de infraestructura hidráulica:

Un sistema de captación de agua de lluvia con escurrimientos del Cerro del Obispado y unos ojos de agua cercanos, que alimentaba la Ciudad con un acueducto y “Cajas de agua” para tomar agua sólo para beber y cocinar.

Más la construcción de dos presas o Diques – Puentes, en la actual calle de Escobedo, llamada “Presa Chica”, y otra por Diego de Montemayor, la “Presa Grande”. 

Con estas obras, la producción alimenticia se recuperó. El agua era, como siempre lo ha sido para Monterrey, elemento agridulce e indispensable. Agridulce porque al llover en abundancia hay para todas las necesidades, hasta desbordar los ríos, y antes se encharcaba en las calles formando lodazales que, al llegar los tiempos de estiaje aparecían enfermedades mortales por la insalubridad. 

Los regiomontanos consumimos 120 litros de agua al día por habitante, mientras Estados Unidos, el gran consumidor de agua, utiliza 191 litros, y México consume 122. Pero países como Libia, Qatar, Kuwait, y Arabia Suaudita, consumen menos de 20 litros per cápita. Esto significa que podemos consumir menos y avanzar más para que el agua tratada pueda llegar a reciclarse hasta ser potable. 

La Ingeniería Civil tiene los proyectos de grandes obras para traer líquido de fuentes lejanas o tratar agua del mar, pero en cualquier solución técnica, el aspecto económico es determinante.  

Leopoldo Espinosa Benavides 

Ingeniero Civil por la Universidad Autónoma de Nuevo León.

Ha sido rector de dos Universidades: Universidad Metropolitana de Monterrey y Universidad Metropolitana de Coahuila.

Estudioso de la Historia y la Geografía, presidió la Sociedad Nuevoleonesa de Historia, Geografía y Estadística, A.C.

Miembro de la Asociación de Cronistas Municipales de NL, José P. Saldaña; del Consejo Metropolitano de la Crónica, y del Grupo cultural Diálogos de Historia.

Cronista de la Ciudad de Monterrey a partir de 2016.

Autor de 21 libros y dos en coautoría publicados por diversas editoriales. Más una gran cantidad de Crónicas, Artículos y Ensayos históricos publicados

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