“Quiero morir siendo esclavo de los principios, no de los hombres.” (Emiliano Zapata)
Hay personajes históricos cuyo rostro termina siendo más conocido que su propia historia. Emiliano Zapata es uno de ellos. El enorme sombrero, el bigote espeso, la mirada severa, las cartucheras cruzadas sobre el pecho y aquella fotografía junto a Francisco Villa forman parte de la memoria colectiva de México. Su nombre quedó inevitablemente unido a la tierra, al campesino y a la Revolución.
Pero detrás del Caudillo del Sur existió un personaje mucho más complejo.
¿Fue realmente aquel campesino pobre que suele representar la iconografía oficial? ¿Por qué terminó enfrentándose prácticamente a todos los gobiernos de su tiempo? ¿Qué ocurrió cuando tuvo frente a sí la silla presidencial? Y, sobre todo, ¿cómo consiguió el gobierno llevar mediante un engaño hasta Chinameca a un hombre que durante años había resultado prácticamente imposible capturar?
La historia de Emiliano Zapata contiene ideales, contradicciones, caballos, poder, traiciones y una muerte que, lejos de acabar con el personaje, terminó convirtiéndolo en leyenda.
A partir de aquí historia pura…
Anenecuilco: Antes del revolucionario
Emiliano Zapata Salazar nació el 8 de agosto de 1879 en Anenecuilco, Morelos. Los Zapata eran una familia campesina de recursos modestos dedicada a la agricultura y a la crianza de ganado en pequeña escala. Emiliano trabajó la tierra, pero también fue arriero, caballerango y tratante de animales. Su especialidad eran los caballos: sabía criarlos, domarlos, montarlos y comerciarlos.

Y tenía otra característica poco compatible con algunas representaciones posteriores: Zapata era un hombre cuidadoso de su apariencia. Le gustaban los buenos caballos, la charrería, la ropa bien llevada y los grandes sombreros. El hombre que después sería retratado cubierto de polvo y cartucheras había sido también una especie de elegante personaje rural.
Sin embargo, había algo que conocía mucho mejor que la moda o los caballos: el conflicto por la tierra. Anenecuilco llevaba generaciones enfrentándose a las haciendas por la propiedad de terrenos, montes y aguas. En 1909, cuando Zapata tenía treinta años, los habitantes de su pueblo lo eligieron para encabezar la defensa de sus tierras comunales. Dos años después empuñaría las armas.
Madero y la primera gran ruptura
Cuando Francisco I. Madero llamó a levantarse contra Porfirio Díaz, Zapata terminó incorporándose a la Revolución. En mayo de 1911 el régimen porfirista cayó y parecía que la lucha había terminado, pero para Zapata apenas comenzaba.
Madero consideraba indispensable restablecer primero las instituciones y después emprender las reformas. Los zapatistas pensaban exactamente al revés: ¿para qué habían tomado las armas si los pueblos debían seguir esperando la devolución de sus tierras? La diferencia terminó convirtiéndose en ruptura.
El 28 de noviembre de 1911 fue proclamado el Plan de Ayala, documento fundamental del zapatismo. En él se desconocía a Madero y se planteaba la restitución de tierras, montes y aguas arrebatados a las comunidades, además de la expropiación de parte de las grandes propiedades. Era una declaración extraordinariamente incómoda, porque Zapata había hecho algo que marcaría prácticamente toda su trayectoria: podía apoyar a un hombre mientras representara una causa, pero estaba dispuesto a combatirlo cuando consideraba que aquella causa había sido traicionada. Así se enfrentó a Porfirio Díaz, después a Madero, combatió a Victoriano Huerta, y terminaría enfrentado también con Venustiano Carranza. Los presidentes cambiaban pero la exigencia de Zapata permanecía.
¿“Tierra y libertad”?
Pocas frases están tan asociadas a Emiliano Zapata como “Tierra y Libertad”. Sin embargo, aquí aparece uno de esos pequeños detalles que hacen fascinante a la historia, la expresión existía antes del zapatismo y aunque terminó identificándose profundamente con su movimiento, los documentos del Ejército Libertador del Sur utilizaron también fórmulas como “Reforma, Libertad, Justicia y Ley”.

El día que Zapata entró a Palacio Nacional
El 4 de diciembre de 1914 ocurrió uno de los grandes encuentros de la Revolución Mexicana: Francisco Villa y Emiliano Zapata se reunieron en Xochimilco, eran personajes extraordinariamente distintos. Villa dominaba el norte; Zapata, el sur. Uno comandaba la poderosa División del Norte; el otro, el Ejército Libertador del Sur, pero compartían un enemigo: Venustiano Carranza.
Dos días después, el 6 de diciembre de 1914, sus tropas entraron triunfalmente en la Ciudad de México. Miles de revolucionarios desfilaron por las calles hasta llegar a Palacio Nacional y allí ocurrió una de las escenas más famosas de nuestra historia, en el Salón Presidencial estaba la silla del presidente de México; Villa decidió sentarse pero Zapata no. La fotografía tomada aquel día se volvió inmortal: Francisco Villa ocupa la silla presidencial; Emiliano Zapata aparece sentado a su lado.
Con el paso del tiempo surgieron distintas versiones de la conversación. Una tradición afirma que Zapata consideraba aquella silla “embrujada”, porque quien se sentaba en ella terminaba perdiendo la razón, es difícil asegurar las palabras exactas, lo que sí sabemos es mucho más interesante: Zapata estuvo dentro del Palacio Nacional acompañado por un ejército victorioso y no intentó convertirse en presidente de México.

El hombre que no quiso la silla
Mientras otros revolucionarios discutían quién debía dirigir México, los zapatistas intentaban construir en Morelos su propia revolución agraria. Pero la guerra continuó… Las fuerzas constitucionalistas de Carranza fueron recuperando territorio. El general Pablo González recibió la encomienda de combatir al zapatismo y, hacia 1918, la situación del Ejército Libertador del Sur era cada vez más difícil, Zapata seguía siendo peligroso y capturarlo mediante una operación militar había resultado extraordinariamente complicado. Entonces alguien comprendió que quizá no era necesario derrotarlo, bastaba conseguir que confiara en el hombre equivocado.
Jesús Guajardo: La traición perfecta
El coronel Jesús Guajardo pertenecía a las fuerzas carrancistas comandadas por Pablo González, en 1919 comenzó a circular la versión de que Guajardo estaba descontento con sus superiores y dispuesto a abandonar a Carranza, la noticia llegó hasta Zapata, era una oportunidad formidable: un coronel enemigo dispuesto a cambiar de bando podía proporcionar hombres, armas y municiones. Pero Zapata desconfiaba y entonces comenzó una operación extraordinariamente calculada. Guajardo fingió su ruptura con Pablo González. Para hacer creíble la historia debía ofrecer pruebas… Y las ofreció, atacó Jonacatepec, ocupada por fuerzas gubernamentales, y con ello terminó convenciendo a los zapatistas de que su rebelión era auténtica con ello Zapata comenzó a confiar, Guajardo incluso le obsequió un magnífico caballo; el animal sería conocido como As de Oros, sobre ese mismo caballo Zapata cabalgaría poco después hacia su muerte.
Chinameca
Era 10 de abril de 1919, el lugar la Hacienda de Chinameca en Morelos. Zapata y Guajardo debían encontrarse para concretar la supuesta incorporación del coronel y acordar futuras operaciones, aun entonces existían sospechas, las fuerzas de ambos hombres se observaban mutuamente. Zapata permanecía en una elevación cercana mientras Guajardo se encontraba dentro del casco de la hacienda. Finalmente llegó una invitación, Guajardo quería recibirlo, Zapata descendió acompañado por una pequeña escolta, montaba el caballo que el propio Guajardo le había regalado. Al aproximarse a la entrada de Chinameca encontró formada una guardia, los soldados parecían preparados para rendir honores al célebre general.
Sonó el clarín, Zapata cruzó la entrada, entonces los hombres que debían saludarlo levantaron sus armas y dispararon. Eran aproximadamente las dos de la tarde, el hombre que durante años había conseguido escapar de ejércitos enteros cayó víctima de una emboscada, tenía 39 años.

Había que demostrar que Zapata estaba muerto
Matarlo no era suficiente había que demostrarlo, el cadáver fue trasladado a Cuautla y exhibido públicamente, las autoridades querían que zapatistas, periodistas y habitantes de la región comprobaran que el hombre muerto era realmente Emiliano Zapata. La fotografía de su cadáver constituye una de las imágenes más duras de la Revolución Mexicana.
Pero ocurrió algo inesperado; la exhibición que pretendía terminar con el mito comenzó a alimentarlo, algunos campesinos aseguraron que aquel cuerpo no correspondía al general, se habló de lunares que faltaban, cicatrices, dedos y señas particulares, otros afirmaban que Zapata había descubierto la traición y enviado a otra persona en su lugar; hubo incluso quienes aseguraron que había escapado del país y que algún día regresaría. Históricamente no existe duda razonable: Emiliano Zapata murió en Chinameca aquel 10 de abril de 1919.
El regreso a Anenecuilco
Venustiano Carranza sobrevivió a Zapata apenas trece meses, el propio Carranza sería asesinado en Tlaxcalantongo en mayo de 1920. La Revolución siguió devorando a sus protagonistas, Zapata, en cambio, comenzó una segunda existencia, su rostro apareció en murales, libros, escuelas, monedas, billetes y monumentos. Su nombre fue utilizado por gobiernos, organizaciones campesinas y movimientos políticos de muy distintas épocas.
Más de un siglo después, cuando pensamos en Emiliano Zapata seguimos viendo el sombrero, el bigote y las cartucheras, pero detrás de aquella imagen permanece algo todavía más poderoso: La historia de un hombre que llegó hasta la silla presidencial… y decidió no sentarse en ella.



