Enrique Cervera: la ingeniería que se construye con humildad, mar y memoria

El Ingeniero Enrique Cervera Aguilar —Quique, como le llaman quienes lo conocen desde los días jóvenes en Mérida— conversa con Revista Construye con la serenidad de quien ha vivido la ingeniería como vocación, oficio y destino. Graduado en 1985 como ingeniero civil con especialidad en hidráulica, su historia inicia con un gesto casi íntimo: un niño que acompañaba a su abuelo, abogado constructor, a las obras para jugar con la grava y respirar el polvo del futuro. De ese sencillo ritual nace un gusto que con los años se volvería oficio, compromiso social y una vida entera dedicada a la infraestructura, la vivienda y la formación de nuevos profesionistas.

Cuenta que la hidráulica fue su puerta de entrada al mundo técnico, pero que el universo laboral en Yucatán pronto lo empujó a abrazar la obra civil y la vivienda con naturalidad. “Me fui encariñando con lo que hacía. Meter agua potable, llevar electricidad, construir espacios dignos. Sentir que proveíamos satisfactores básicos a nuestra sociedad fue siempre un lema para mí”, recuerda. Ese espíritu humanista lo acompañó desde sus primeros trabajos y lo llevó a involucrarse de inmediato en los gremios del sector. Desde 1985 es socio del Colegio de Ingenieros Civiles de Yucatán y con orgullo relata que ha ocupado prácticamente todos los cargos en la CMIC estatal. Además, es fundador de la delegación de CANADEVI en Yucatán, donde impulsó proyectos que transformaron la vivienda en la región.

Sigue vinculado a este ámbito. Hoy participa en un programa nacional de vivienda que está en marcha, afinándose en sus detalles, pero ya en operación. Y cuando habla de sus años profesionales, aparece un hilo conductor: el compromiso con la organización gremial. “La unidad y la fortaleza que da pertenecer a un gremio es invaluable. No solo es capacitación o actualización, es convivencia, alianzas estratégicas, visión compartida”, afirma. Para él, la ingeniería civil florece cuando los ingenieros se reconocen parte de una comunidad que piensa, discute, aprende y se prepara de manera permanente.

No sorprende que su visión del país mire hacia la necesidad de integrar más ingenieros civiles en posiciones donde se definen políticas públicas. Lo dice sin rodeos: la planeación está en el ADN del ingeniero. Por eso considera indispensable que el Estado recupere la voz técnica para decidir obras, priorizar recursos y anticipar cómo una infraestructura puede cambiar el destino de una comunidad. Lo vivió de cerca cuando fue director general del Consejo Estatal de Infraestructura de Yucatán, donde su tarea era diagnosticar qué obras eran necesarias, urgentes o estratégicas, y determinar su impacto local, regional o nacional. “Planear, ejecutar y prever incluso qué sucederá cuando una obra llegue al final de su vida útil… todo eso es ingeniería”, resume.

Su mundo gremial es amplio: pertenece a la Asociación Mexicana del Asfalto, a ANALISEC, a la Asociación de Supervisores de Construcción y a la Analisec donde cada pieza aporta a la calidad de la infraestructura nacional. Supervisión, laboratorios, estándares, control, cumplimiento… Cervera traza un mapa donde los engranes técnicos solo funcionan si están acompañados de unión y colaboración.

Pero el ingeniero también tiene mar. Navega, vela, se asoma al silencio nocturno de los océanos para recordarse a sí mismo que somos “un granito” en un mundo inmenso. En ese espacio encuentra una claridad particular: el mar le enseña humildad, proporción y perspectiva. Ese recordatorio de que hay fuerzas más grandes que uno mismo lo acompaña al tomar decisiones profesionales. No es casual que hable de admiración ante la imponencia del océano, ni que lo relacione con su forma de trabajar: “El mar te hace entender tu exacta dimensión. Te coloca en tu realidad.”

Además del gremio y el mar, está la academia. Fue maestro durante veintidós años y confiesa que una de sus mayores satisfacciones fue ver a sus estudiantes ingresar a la Facultad de Ingeniería. A pesar de que un evaluador alguna vez lo consideró “mercenario de la educación” por responder que dar clase también es un trabajo, él lo hacía sin cobrar un solo peso. “A mí me enseñaron que debía escoger un trabajo que me hiciera levantarme con ganas todos los días. Eso es la ingeniería para mí.” Hoy comparte ese mensaje con los jóvenes: que elijan una carrera que les despierte pasión, no una moda o la opinión de sus amigos, porque será el oficio que los acompañará toda la vida.

Sobre el futuro, su deseo es simple y contundente: que la ingeniería civil recupere el reconocimiento social que merece y que los ingenieros vuelvan a ser consultados al definir la dirección técnica del país. Que se les escuche. Que se les convoque. Que se tome en serio la voz del conocimiento.

Al final de la entrevista, Cervera agradece la oportunidad de compartir su historia con una modestia que lo acompaña desde niño, cuando jugaba con grava en las obras de su abuelo. Entre gremios, viviendas, infraestructura, aulas y noches de navegación, su vida profesional ha sido una suma de compromisos: con la técnica, con la sociedad, con la formación de nuevas generaciones. Y con la certeza de que construir —en cualquiera de sus formas— es siempre un acto de servicio. Entre risas dice que a veces la memoria le falla, pero cada recuerdo que narra revela una vida plena, dedicada a dejar huella sin necesidad de buscar reflectores.

Su mensaje final es tan sencillo como poderoso: seguir trabajando. Porque en su voz se entiende que para él la ingeniería no ha sido solo una profesión, sino una forma de vivir el mundo, de tocarlo y mejorarlo, un proyecto que se construye todos los días, igual que los cimientos que lo vieron crecer.

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