La arquitectura que viene, Diseñar para la complejidad

Por: MSc. Mariana Fajardo y MSc. Arch. Urb. Raúl Martínez

La arquitectura ya no diseña únicamente edificios. Diseña condiciones de vida. Cada decisión proyectual modifica la manera en que una ciudad consume energía, gestiona el agua, favorece o limita la biodiversidad, promueve la convivencia o profundiza las desigualdades sociales. El edificio ha dejado de ser el fin del proyecto para convertirse en una pieza dentro de un sistema mucho más amplio y complejo.

Durante gran parte del siglo XX, la arquitectura respondió principalmente a problemas de forma, función y técnica. Hoy el escenario es radicalmente distinto. El cambio climático, la pérdida de biodiversidad, las desigualdades urbanas, las crisis sanitarias, la transformación digital, las nuevas estructuras familiares, el envejecimiento de la población, los conflictos armados y las nuevas formas de trabajo han convertido a las ciudades en sistemas complejos donde toda decisión arquitectónica tiene repercusiones ambientales, sociales, económicas y culturales de largo alcance.

Diseñar un edificio ya no significa únicamente resolver un programa arquitectónico. La configuración del espacio interviene activamente en un ecosistema donde convergen procesos ecológicos, dinámicas sociales, movilidad, salud pública, economía, cultura y gobernanza.

Diversas investigaciones coinciden en que las ciudades serán el principal escenario para enfrentar los grandes desafíos del siglo XXI. El IPCC identifica al entorno construido como una de las mayores oportunidades para reducir emisiones mediante estrategias de diseño urbano, eficiencia energética y planificación territorial. UN‑Habitat sostiene que la calidad de vida dependerá de integrar dimensiones ambientales, sociales y económicas en una misma estrategia de diseño. Los marcos de Planetary Boundaries y One Health refuerzan esta visión al entender la salud humana, la biodiversidad y los sistemas urbanos como una sola red interdependiente.

En este contexto surge una pregunta inevitable: ¿está la arquitectura preparada para responder a problemas cuya complejidad rebasa ampliamente los límites de su propia disciplina?

Durante décadas, nuestra profesión ha impulsado formas de colaboración con otras áreas del conocimiento. Sin embargo, no todas han producido los resultados esperados, pues cada modelo de colaboración implica alcances distintos.

La multidisciplina reúne especialistas de diferentes campos para abordar un mismo problema, pero cada uno trabaja desde su propio marco conceptual y metodológico. La interdisciplina representa un paso más, al permitir el intercambio de métodos y teorías para construir soluciones compartidas. La transdisciplina, en cambio, plantea una transformación mucho más profunda: construye un nuevo marco de conocimiento que incorpora no sólo a especialistas, sino también a comunidades, instituciones, organizaciones y actores locales, reconociendo que muchos de los conocimientos necesarios para resolver los problemas contemporáneos existen fuera de la academia.

Mientras la multidisciplina suma conocimientos y la interdisciplina los integra, la transdisciplina transforma la forma misma en que el problema es comprendido.

Aunque este enfoque lleva décadas consolidándose en campos como la salud pública, la sustentabilidad y las ciencias del sistema Tierra, todavía aparece con poca frecuencia dentro del discurso arquitectónico. El reto que enfrentan hoy las ciudades exige ir mucho más allá de la colaboración convencional.

La arquitectura interviene sobre sistemas donde convergen procesos ecológicos, dinámicas sociales, salud pública, movilidad, economía, cultura, gobernanza, percepción del espacio y comportamiento humano. Diseñar una vivienda implica discutir eficiencia energética, pero también salud mental, confort térmico, desigualdad, envejecimiento, accesibilidad, economía doméstica y redes comunitarias. Del mismo modo, planificar un espacio público supone considerar simultáneamente biodiversidad urbana, seguridad, movilidad activa, identidad cultural, infraestructura verde y resiliencia climática.

Precisamente por ello, la arquitectura necesita adoptar una perspectiva transdisciplinaria. No porque haya perdido capacidad técnica, sino porque los problemas que intenta resolver han cambiado de naturaleza. Resolverlos exige producir conocimiento junto con otras disciplinas y, sobre todo, junto con quienes habitan cotidianamente esos espacios.

La arquitectura actúa sobre sistemas donde ningún fenómeno puede entenderse de forma aislada. Diseñar una vivienda implica hablar de eficiencia energética, confort térmico, salud mental, accesibilidad, envejecimiento, economía doméstica y redes comunitarias. Planificar un espacio público exige incorporar biodiversidad urbana, movilidad activa, identidad cultural, infraestructura verde y resiliencia climática simultáneamente.

Precisamente por ello, la arquitectura necesita adoptar una perspectiva transdisciplinaria. No porque haya perdido capacidad técnica, sino porque los problemas que intenta resolver han cambiado de naturaleza. La evidencia científica demuestra que las soluciones urbanas más efectivas emergen de procesos de coproducción del conocimiento entre investigadores, gobiernos, comunidades y profesionales.

Quizá la arquitectura del futuro no sea recordada por los edificios que construya, sino por las relaciones que sea capaz de activar entre personas, ecosistemas e instituciones. En un mundo donde las ciudades concentran los mayores desafíos ambientales y sociales, proyectar dejará de significar únicamente dar forma al espacio para convertirse, sobre todo, en una forma de construir futuro.

Referencias

•          IPCC (2023). AR6 Synthesis Report.

•          UN-Habitat (2022). World Cities Report.

•          Rockström et al. (2009).

•          Whitmee et al. (2015).

•          Norström et al. (2020).

•          Frantzeskaki et al. (2019).

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