NO TODO ES FÚTBOL: LA INGENIERÍA DETRÁS DE UN MUNDIAL

Cuando era niño tuve la oportunidad de asistir al Estadio Azteca a la final de la Copa Oro de 1993 entre México y Estados Unidos. México ganó 4-0 y 130,800 personas llenaron aquel recinto. A esa edad no entendía de estructuras, cimentaciones, flujos de evacuación ni movilidad urbana. Solamente recuerdo la enorme impresión que me produjo entrar, mirar hacia las tribunas y escuchar a todo el estadio celebrar cada gol. El Azteca parecía interminable.

Con el tiempo estudié Ingeniería Civil y comencé a observarlo de otra manera. Detrás de aquella experiencia no había solamente fútbol. Había una obra construida casi tres décadas antes, que ya había recibido dos finales mundialistas y que continuaba operando con una capacidad extraordinaria.

Hoy, seis décadas después de su inauguración, el Azteca sigue obligándonos a formular una pregunta muy propia de nuestra profesión: ¿qué hace que una obra pueda adaptarse, mantenerse vigente y continuar sirviendo a distintas generaciones?

Una obra que atravesó tres Mundiales

El Estadio Azteca fue construido entre 1962 y 1966. La obra se desarrolló sobre una superficie superior a 63 mil metros cuadrados y fue concebida en una época en la que México se preparaba para recibir los Juegos Olímpicos de 1968 y la Copa Mundial de 1970.

Su importancia no se explica solamente por sus dimensiones. En su cancha se jugaron las finales de México 70 y México 86; ahí se consagraron Pelé y Maradona y, antes de la edición de 2026, ya acumulaba 19 partidos mundialistas, una cifra sin precedente para un solo estadio.

Con el Mundial de 2026 se convirtió, además, en el primer recinto en formar parte de tres Copas del Mundo.

Desde la ingeniería, el dato más interesante no es únicamente que siga en pie. Muchas estructuras pueden permanecer físicamente durante décadas. Lo verdaderamente relevante es que el inmueble haya podido modificarse para responder a nuevas exigencias de seguridad, operación, telecomunicaciones, iluminación, accesibilidad, superficies deportivas y atención al público.

Construir una gran obra es complejo. Conseguir que pueda evolucionar durante sesenta años lo es todavía más.

El verdadero reto de 2026 está fuera del estadio

En este tercer Mundial, México no necesita demostrar que sabe construir estadios; eso ya lo hizo. En el caso del Azteca, el verdadero reto está fuera del inmueble, en la ciudad que lo rodea.

Rumbo a 2026, la Ciudad de México impulsó un programa de intervenciones que contempla la transformación de doce pasos a desnivel sobre Calzada de Tlalpan, dos puentes vehiculares del Circuito Estadio Azteca, la rehabilitación de los centros de transferencia modal de Universidad, Taxqueña y Huipulco, la modernización del Tren Ligero, nuevas ciclovías, iluminación, recuperación de espacios públicos y la rehabilitación de 300 canchas de fútbol.

Esas obras dicen mucho más sobre el posible legado del torneo que cualquier pantalla instalada dentro del estadio.

Un recinto puede cumplir con todos los requisitos internacionales y, aun así, fracasar como proyecto urbano si llegar a él resulta complicado, si sus vecinos padecen problemas de agua o drenaje, si el espacio público es inseguro o si las inversiones dejan de recibir mantenimiento después de la final.

Por eso, el éxito no debería medirse solamente por la puntualidad con la que comienza un partido. Debería evaluarse años después, cuando sepamos si mejoró la movilidad, si disminuyeron los riesgos, si los espacios públicos fueron recuperados y si las obras continúan siendo útiles para quienes habitan diariamente la ciudad.

El reto no consiste en construir para el Mundial, sino en aprovechar el Mundial para construir lo que México ya necesitaba.

La responsabilidad de los ingenieros

En el marco del Día Nacional del Ingeniero, vale la pena recordar que nuestra función no consiste únicamente en calcular y ejecutar lo que se nos solicita. También debemos preguntar cuánto costará operar una obra, quién será responsable de conservarla, qué problema resolverá cuando termine el evento y cuántas personas se beneficiarán realmente de ella.

La mejor ingeniería no siempre es la que coloca más concreto ni la que produce la estructura más espectacular. Es la que entrega seguridad, utilidad, capacidad de adaptación y una vida de servicio que justifica los recursos invertidos.

De aquella final de 1993 recuerdo los cuatro goles de México y el ruido de un estadio lleno. Hoy, como ingeniero, entiendo que también estaba dentro de una obra que ya había visto pasar dos Mundiales y que, más de treinta años después de aquella tarde, sigue escribiendo su historia.

Los partidos producen recuerdos. La buena ingeniería construye los lugares donde esos recuerdos pueden ocurrir una y otra vez.

Porque en un Mundial, el marcador nos dice quién ganó en la cancha. La ingeniería nos dice si también ganó la ciudad.

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