Urbanismo social ejemplos en Latinoamérica

Parece poco viable el echar a andar proyectos de viviendas de calidad en terrenos de importante valor comercial con participación de la gente y sobre todo con una importante gestión social que no termine con la entrega de la vivienda a la familia de escasos recursos, sino una que se extienda incluso por tres años y hasta que exista una sostenibilidad física y social para la comunidad beneficiaria.
Pues, aunque suene a utopía, en Chile este modelo es una realidad desde hace más de una década impulsado por la Fundación Gestión Vivienda en 2007 motivada por la inequidad urbana en la capital chilena y trabajando en la construcción de vivienda social bajo tres parámetros que hoy definen su trabajo y que constituyen un modelo para las demás ciudades de Latinoamérica.
El primero de ellos es la localización de los proyectos de vivienda social: por ser social no necesariamente debe instalarse en terrenos baratos de la periferia. En segundo lugar, la prioridad era y es, la calidad: contar con arquitectos e ingenieros que le otorgaran un alto nivel de calidad a las propuestas.

Y en tercer lugar las comunidades, las familias involucradas en los proyectos. Que las familias no sientan que es un regalo que les hace el Estado, sino más bien un derecho a vivir en un lugar en donde todos estuviéramos dispuestos a vivir y no solo las personas en situación de vulnerabilidad.
Territorios donde el 65 % de los habitantes preferiría abandonar su casa u otros en los que el 90 % de la población se siente avergonzado de vivir en ellos, es una realidad chilena, santiaguina. Durante tres o más décadas, el enfoque de la vivienda social en su país se centró más en la cantidad que en la calidad y de allí que precisamente fueran las periferias los lugares escogidos para los proyectos sociales con la consecuencia lógica de que las comunidades quedaban aisladas de los equipamientos, de los servicios públicos, de la ciudad misma.

Ahora se trabaja para que las cosas no sean así. Como se anotó anteriormente lo primero es la creación de proyectos de vivienda social con calidad gracias al diseño y construcción con arquitectos ingenieros. Segundo, la gestión del territorio. La fundación construye proyectos en el centro de Santiago que son de integración social y que buscan en el fondo demostrar que, a pesar de que el valor del suelo es altísimo y es la gran dificultad que tiene, es posible a través de la articulación con municipios y con privados, construir vivienda social para los más pobres en el centro de la ciudad.
En este sentido, los proyectos no solo abarcan la construcción de la vivienda sino algo más integral al incluir, por ejemplo, parques urbanos y e infraestructuras de importante magnitud. Un modelo filosófico y de negocio que destaca la directora, se acerca a los que hacen otras organizaciones como Techo, la Fundación Vivienda, y Mi Parque, entre otros.

En sostenibilidad incluye aspectos como el comunicacional, innovar en técnicas de convocatoria, la construcción de un relato participativo que conjure algo que es casi un estándar en muchas ciudades de Latinoamérica donde las comunidades permanecen frustradas ante la gestión social realizada y en la que las entidades municipales esgrimen el estandarte de la participación sin que ella sea una verdadera construcción colectiva, un check list de participación y no porque realmente nos interesen las personas que van a vivir, habitar y que van a convivir con esa infraestructura urbana o con ese desarrollo urbano.
Finalmente, para la Fundación y quienes la dirigen, no es menor hacer bien el proceso y tomar la decisión de entender que la vivienda no era un todo sino un componente –la vivienda no es el fin-, cambiarnos el nombre a urbanismo social, cambiar la misión de urbanismo social y poner a las personas en el centro y no a la infraestructura en el centro, y abrirnos a desarrollos de distintas escalas, no solo de vivienda, sino que, de barrios, hasta la comuna y la ciudad.

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