Por: MSc. Arch. Urb. Raúl Martínez y Msc. Mariana Fajardo
Introducción
La planeación urbana en México ha sido un proceso complejo, marcado por continuas adaptaciones a modelos importados y por la tensión entre la normativa y la realidad urbana. Desde los primeros asentamientos prehispánicos hasta las transformaciones coloniales y modernas, el territorio mexicano ha experimentado diversas configuraciones espaciales que reflejan cambios sociales, políticos y económicos.
Durante la colonia, la conformación urbana se constituyó bajo las Ordenanzas de Felipe II, que establecieron una retícula regular organizada en torno a una plaza central. Este esquema generó una notable uniformidad en los centros urbanos hispanoamericanos (Chaparro, 2009). El trazo influido por principios neoclásicos priorizaba simetría, jerarquía y la articulación de espacios cívicos y religiosos.

Aunque el urbanismo latinoamericano del siglo XIX adoptó tendencias europeas—especialmente francesas, vinculadas a Haussmann—el primer ejercicio formal de planeación en México se atribuye a Ignacio Castera con elPlano Regulador de finales del siglo XVIII, documento precursor del urbanismo moderno al enfatizar el ordenamiento funcional y estético del espacio (McMichael, 2002).
Modernización y transformación durante los siglos XIX y XX
En las últimas décadas del siglo XIX y la primera del siglo XX, durante el Porfiriato, México se abrió a la inversión extranjera y consolidó la industrialización a partir del ferrocarril. Este periodo provocó el crecimiento acelerado de las ciudades y la construcción de infraestructura pública de gran escala (Suárez, 2009). La modernidad tomó impulso. Este proceso se detuvo abruptamente entre 1910 y 1920 debido a la Revolución Mexicana, aunque fue precisamente el periodo posrevolucionario el que detonó un cambio sustancial en la planeación urbana. La reconstrucción nacional permitió desarrollar un marco teórico basado en prácticas modernistas, lo que dio pie a la institucionalización de la planeación como herramienta para la intervención urbana (Chaparro, 2009).

Durante el siglo XX aparecieron los primeros planes reguladores y planes maestros, centrados en la zonificación, el control de densidades y la separación funcional del territorio. Carlos Contreras introdujo en los años veinte el primer plan regulador moderno, basado en principios funcionalistas similares a los promovidos por Le Corbusier. Este documento utilizaba la zonificación como medida de control para orientar el crecimiento ordenado de la ciudad según las funciones específicas de cada área (Sánchez, 2002).
Sin embargo, aunque la escala, complejidad y población urbana crecieron de manera exponencial, los métodos y enfoques de planeación evolucionaron mucho más lentamente. La matriz funcionalista permaneció como eje rector durante décadas.
Planeación urbana contemporánea y sus limitaciones
En 1978 se elaboró el primer Plan Nacional de Desarrollo Urbano, respondiendo al rápido crecimiento inducido por la industrialización. El enfoque territorial se subordinó a metas económicas. La inversión y el desarrollo de infraestructura se destinaron a potenciar la productividad industrial, provocando una fuerte concentración de población y recursos en unos cuantos sitios dentro del territorio nacional (Chaparro, 2009).

La planeación urbana en México ha sido en gran medida una constante imitación, siguiendo patrones europeos y estadounidenses, adoptó modelos como la Ciudad Jardín, el urbanismo moderno, el funcionalismo corbusierano, y posteriormente el suburbio norteamericano. Todos estos enfoques privilegiaban la regulación del uso del suelo y la zonificación como instrumentos centrales.
Este enfoque espacial-funcional ha demostrado ser insuficiente para la realidad mexicana contemporánea. Este tipo de planeación ha fomentado la competencia territorial y la inversión enfocada en infraestructura dura, generando ciudades segregadas. Su carácter rígido y prohibitivo es una de las razones por las cuales los planes de desarrollo urbano en México han sido incapaces de afrontar los retos actuales (Chaparro, 2009).
Los desafíos urbanos presentes en México son mucho más complejos que hace un siglo. Las condiciones económicas y sociales de un país “en desarrollo” son radicalmente distintas a las de los países “desarrollados”; por ello, no es viable seguir basando la planeación en principios importados que respondieron a otras realidades (Carmona, Burgess y Badenhorst, 2009). Lo que las administraciones, organizaciones y gobiernos aún no comprenden es que, ante una complejidad creciente, se requiere una mejora urgente de los métodos de planeación, así como un enfoque que considere las relaciones inter e intramunicipales. Este país no puede seguir creciendo bajo los mismos fundamentos de planeación diseñados para circunstancias completamente distintas.
La Zona Metropolitana del Valle de México (ZMVM) es el ejemplo más claro de esta complejidad. Su crecimiento, impulsado por mercados globalizados y políticas neoliberales, ha superado ampliamente la capacidad regulatoria del Estado, generando una estructura metropolitana difícil de gobernar y planificar.
Nuevas tendencias
Ante este panorama, el desarrollo urbano en México ha comenzado a transitar hacia enfoques más integrales que incorporan criterios de sostenibilidad, movilidad, vivienda digna, resiliencia y equidad. Sin embargo, la brecha entre la planeación normativa y la ciudad realmente construida sigue siendo amplia. En este contexto, la gobernanza urbana surge como un modelo indispensable para comprender y dirigir el desarrollo contemporáneo de las ciudades mexicanas.

De acuerdo con el marco conceptual del INEGI, la gobernanza comprende el conjunto de valores, instituciones, reglas y prácticas mediante los cuales una sociedad organiza sus procesos de toma de decisiones públicas. Incluye mecanismos de articulación de intereses, resolución de conflictos y ejercicio de derechos y obligaciones por parte de ciudadanos, instituciones y empresas.
Trasladado al ámbito urbano, implica transformar la planeación del territorio—tradicionalmente vertical y normativa—en un proceso colaborativo, transparente y eficaz, donde intervienen el Estado (federal, estatal y municipal), el sector privado, la sociedad civil y comunitaria, instituciones académicas y técnicas, así como los organismos metropolitanos.
Las ciudades contemporáneas ya no pueden gestionarse mediante modelos centralizados y sectoriales. Sus problemas son interdependientes. La movilidad, vivienda, seguridad, servicios, medio ambiente, cambio climático, economía local, gobernanza metropolitana… todos están conectados.
Entonces, la gobernanza urbana permite coordinar decisiones más allá de límites municipales, integrar participación ciudadana real, no simbólica, mejorar la legitimidad y eficacia de políticas urbanas, articular intereses públicos y privados bajo reglas claras, fortalecer capacidades institucionales locales, así como evaluar la calidad del gobierno con indicadores verificables (como propone el INEGI).
Para quienes diseñamos ciudad comprender la gobernanza es fundamental, pues redefine las reglas del juego bajo las cuales se negocia el suelo, se estructuran los proyectos, se asignan recursos y se gestiona la infraestructura. Más allá de un concepto administrativo, la gobernanza urbana constituye un marco operativo que impacta directamente en la forma en que se concibe, construye y habita la ciudad. Su adopción permite enfrentar los desafíos complejos del México contemporáneo con mayor coordinación, inclusión y legitimidad.
Conclusiones
El desarrollo urbano en México ha sido históricamente reactivo, influido por modelos externos y por procesos de crecimiento acelerado. A pesar de los avances normativos y la existencia de instrumentos de planeación, las ciudades continúan creciendo de manera desordenada, fragmentada y desigual.
Por ello, la transición hacia la gobernanza urbana representa no sólo una actualización conceptual, sino un cambio estructural en la forma de pensar y gestionar el territorio. La colaboración interinstitucional, la participación ciudadana, la transparencia y la evaluación continua son componentes indispensables para construir ciudades más equitativas, resilientes y sostenibles.
Para los profesionales del espacio —arquitectos, urbanistas, diseñadores urbanos— la gobernanza no es un añadido teórico, sino una condición necesaria para que la planeación deje de ser un documento aspiracional y se convierta en una herramienta efectiva para transformar la realidad urbana del país.



