En un mundo donde la construcción enfrenta presiones inéditas por el cambio climático, la urbanización acelerada y la demanda de ciudades más humanas, el Dr. Alberto D. Porce, profesor e investigador de la Facultad de Ingeniería Civil de la Universidad Autónoma de Nuevo León, se ha convertido en una de las voces más lúcidas para entender hacia dónde se mueve el sector. En entrevista con Revista Construye, el especialista desmonta la idea tradicional de que BIM es solo un modelo tridimensional o un método para organizar proyectos. Para él, este ecosistema digital es hoy una plataforma estratégica que permite planear ciudades más eficientes, resilientes y profundamente vinculadas con la naturaleza.

El Dr. Porce explica que el valor del BIM está en su capacidad para revelar el ciclo de vida de cada material y sistema constructivo: su origen, sus estándares ambientales, su durabilidad y su impacto real en la operación del edificio. La posibilidad de anticipar escenarios —energéticos, hídricos, de mantenimiento o de comportamiento térmico— convierte a esta herramienta en una aliada para tomar decisiones más responsables desde la etapa de diseño. En su visión, un proyecto no sostenible no es un proyecto moderno, y cualquier obra que aspire a ser vigente en las próximas décadas debe integrar esta mirada desde los primeros trazos.
“BIM, SIG e inteligencia artificial como aliados para diseñar urbes resilientes y habitables”
Sin embargo, el camino para incorporar esta metodología en la academia aún tiene barreras. El investigador reconoce que las universidades necesitan docentes más especializados, laboratorios equipados y acceso a licencias de software para que BIM y los sistemas de información geográfica (SIG) se conviertan en parte esencial de la formación de ingenieros y arquitectos. No se trata solo de enseñar a manejar un programa, sino de entender el territorio, vincular datos urbanos con la infraestructura y plantear soluciones que respondan a los desafíos climáticos y sociales que ya se sienten en las ciudades mexicanas.

Ese puente entre tecnología y territorio es lo que lleva al Dr. Porce a hablar de una idea que aparece cada vez más en la discusión global: recuperar la sintonía de las ciudades con la naturaleza. En su planteamiento, la infraestructura verde deja de ser un adorno urbano para convertirse en un mecanismo activo de resiliencia. Los techos verdes, afirma, no solo decoran: retienen agua de lluvia, regulan las escorrentías, reducen el calor ambiental y mejoran la eficiencia energética de los edificios. Más aún, la presencia del verde tiene efectos comprobados en la salud emocional y mental de las personas, lo que convierte estos elementos en infraestructura de bienestar.
En Monterrey, su equipo ha estudiado especies vegetales capaces de retener partículas contaminantes como PM2.5, un problema que afecta a millones de habitantes en las grandes urbes. Integrar estas plantas en edificios y parques, combinadas con sistemas de captación de agua pluvial, abre la puerta a ciudades más limpias y autosustentables. “La infraestructura debe dejar de verse solo como concreto”, insiste, “y empezar a entenderse como un ecosistema donde cada decisión tiene efectos encadenados”.

A esta visión se suma otra tendencia mundial que el investigador considera crucial: las llamadas “ciudades azules”, donde ríos, canales y cuerpos de agua urbanos se incorporan como piezas sociales y ambientales, no únicamente hidráulicas. Espacios donde el agua no es un riesgo, sino un punto de encuentro. Un ejemplo que suele mencionar está en los Países Bajos, donde el impulso por la movilidad ciclista detonó la creación de corredores verdes capaces de transformar zonas completas de la ciudad en espacios más seguros, limpios y humanos.
La entrevista avanza hacia ejemplos que demuestran que estos modelos no son utopías. Desde desarrollos corporativos como los campus de Amazon —edificios que integran vegetación en altura y funcionan como infraestructura ambiental— hasta el caso emblemático de Singapur, una ciudad que ha construido su identidad a partir de soluciones basadas en la naturaleza. Allí, la premisa es clara: no se adapta el entorno a la infraestructura, sino la infraestructura al territorio. Este enfoque ha permitido controlar inundaciones, optimizar el uso del suelo y mantener una gran presencia vegetal incluso en condiciones de altísima densidad.
La pregunta inevitable es: ¿cómo se inserta la ingeniería civil mexicana en este nuevo paradigma? Para el Dr. Porce, la respuesta comienza en la academia. “La sostenibilidad debe formar parte del ADN del estudiante”, afirma. No basta con entenderla: debe vivirse como una responsabilidad ética que atraviesa lo ambiental, lo social y lo económico. Esta visión implica también un cambio en la forma en que se toman decisiones de obra pública y privada. El crecimiento económico, dice, no puede separarse de la calidad ambiental ni de la funcionalidad a largo plazo de los servicios urbanos. Ahí entran los marcos normativos, que deberán evolucionar hacia estándares de desempeño ambiental, certificaciones y la obligatoriedad del uso de BIM en proyectos estratégicos.
La UANL trabaja ya en varias iniciativas internacionales para incorporar inteligencia artificial como apoyo en procesos académicos y en la solución de problemas complejos. En paralelo, impulsa alianzas con casas de software, cámaras de la construcción y asociaciones técnicas para democratizar el acceso a herramientas tecnológicas. En Nuevo León destacan espacios como “Impulsa”, que reúnen a autoridades, empresas y académicos para identificar retos y construir soluciones conjuntas. El investigador reconoce que este nivel de articulación aún no es común en todo el país, pero confía en que la fuerza industrial de la región puede convertirse en un modelo replicable.

Convencido de que BIM nació para modernizar la ingeniería civil, el Dr. Porce subraya que el futuro exige ir más allá de los límites tradicionales: investigar nuevos materiales, desarrollar soluciones basadas en la naturaleza, integrar datos en tiempo real y repensar el diseño urbano desde la resiliencia. La meta, dice, no es crear ciudades perfectas, sino ciudades capaces de adaptarse, proteger a sus habitantes y ofrecer entornos más saludables y humanos



