CUANDO LO BARATO SALE CARO: LA VIVIENDA QUE DETERIORA NUESTRAS CIUDADES

En México llevamos años construyendo vivienda barata… y ciudades cada vez más caras. Hay algo que en el sector se repite tanto que ya nadie lo cuestiona: hay que construir más y hay que construir barato. Porque al final del día —se dice— lo importante es que más personas puedan acceder a una casa.

Y suena bien. Suena correcto. Suena incluso necesario. Pero casi nunca nos detenemos a hacer la pregunta incómoda: ¿barato para quién… y por cuánto tiempo?

Porque en la práctica, buena parte de la vivienda que se ha construido en México en las últimas décadas no ha estado pensada para durar, ni para integrarse a una ciudad, ni siquiera para generar comunidad. Ha estado pensada para cerrar números. Para cumplir con un crédito. Para que el proyecto “dé”. Y listo.

Y el problema es que la ciudad no funciona con esa lógica. En ingeniería lo sabemos bien: el costo real de una obra no es lo que cuesta construirla, es lo que cuesta sostenerla a lo largo del tiempo. Pero en vivienda decidimos ignorar eso. Nos enfocamos en el costo inicial y dejamos de lado la vida útil, como si el problema terminara el día que se entrega la casa. Y no, no termina ahí. Ahí apenas empieza.

Hoy, según datos del INEGI, hay más de seis millones de viviendas deshabitadas en México. Seis millones. Y esto no es una estadística menor, es la evidencia de que algo no está funcionando como creemos. Porque cuando se revisa el fondo del problema, aparece lo que nadie quiere poner sobre la mesa: mala ubicación, baja calidad constructiva, falta de servicios, entornos que no terminan de consolidarse. No es que la gente no quiera vivienda. Es que muchas veces esa vivienda no es habitable en el sentido completo de la palabra.

Entonces pasa lo predecible, pero que nadie quiere asumir, y es que las viviendas empiezan a deteriorarse antes de tiempo, las calles fallan, las instalaciones se saturan, los espacios públicos nunca terminan de existir. Esentonces cuando el entorno pierde valor, y poco a poco, lo que fue “una solución de vivienda” se convierte en un problema urbano.

Y ese problema ya no es del desarrollador, ni del banco, y ni siquiera del propietario; es de la ciudad. Porque lo que vemos todos los días, aunque a veces no lo queramos ver, es que cuando los fraccionamientos envejecen en 10 o 15 años, las zonas empiezan a vaciarse, las viviendas se abandonan porque ya no son funcionales o simplemente dejaron de tener sentido para quien las habita. Y entonces viene lo más caro de todo: la ciudad tiene que volver a crecer.

Más infraestructura, más redes, más transporte, más presión para los municipios. Todo para compensar lo que no se resolvió bien desde el inicio. Y cuando uno voltea a ver lo que está pasando en otras partes del mundo, la diferencia se vuelve todavía más clara.

En Madrid, con el desarrollo de Madrid Nuevo Norte, la conversación no está centrada en cuánto cuesta hoy la vivienda, sino en cómo va a funcionar esa parte de la ciudad dentro de 30 o 40 años: movilidad, conectividad, espacio público, integración urbana, valor a largo plazo.

Mientras allá la discusión es cómo construir ciudad que perdure, aquí seguimos resolviendo como vender vivienda que funcione… al menos el tiempo suficiente, y esa diferencia no es menor, es estructural.

Y no es que no haya información. México tiene instituciones como el INEGI que miden con precisión lo que está pasando en la vivienda: como el abandono, rezago, condiciones físicas, etc, pero el problema es que esos indicadores sirven para entender el pasado… pero no están definiendo cómo se construye el futuro.

Seguimos midiendo cuántas viviendas se construyen, pero no cuántas siguen funcionando 20 o 30 años después, y eso tiene consecuencias.

Porque una vivienda que no está pensada para durar no solo pierde valor, genera entornos que se degradan, rompe la lógica urbana, empuja a la expansión desordenada y termina repitiendo el mismo ciclo: construir barato, deteriorar rápido, abandonar, volver a construir. Este es un modelo que resuelve el presente… hipotecando el futuro.

Y tal vez el error no está en querer hacer vivienda accesible, el error está en creer que accesible es sinónimo de barato, porque no es lo mismo.

Accesible debería significar habitable, bien ubicada, conectada, durable. Debería significar que quien la compra pueda vivir ahí no solo hoy, sino dentro de 20 o 30 años. Debería significar que esa vivienda suma ciudad, no que la desgasta.

Pero mientras sigamos diseñando bajo la lógica del costo inmediato, vamos a seguir construyendo soluciones que se vencen antes de tiempo.

México no solo tiene un problema de falta de vivienda. Tiene un problema de vivienda que no está hecha para permanecer. Y si ese es el problema, entonces la discusión también tiene que cambiar.

No se trata de construir más rápido, se trata de construir mejor. No se trata de bajar el precio a toda costa se tratade entender el costo real en el tiempo. No se trata de entregar viviendas, se trata de desarrollar ciudad.

Porque al final, el concreto sí se endurece…pero las malas decisiones urbanas no se corrigen con el tiempo: se heredan.

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