Hacia una “calificación” de la infraestructura en México

Si la infraestructura de México fuera un alumno… ¿aprobaría o reprobaría?

Por: Mtro. Óscar Coello Huerta

Imaginemos una escena muy sencilla. Un gobernador, un secretario o un gran inversionista pregunta en una reunión: “Ingeniero, dígame en una hoja cómo está la infraestructura de este estado: ¿vamos bien, vamos mal, en qué estamos reprobados?”

La mayoría de quienes trabajamos en el sector podríamos responder con historias: la carretera que ya no aguanta otro ciclo de lluvias, la planta de tratamiento que no opera como fue diseñada, el puerto que llegó a su límite hace años, el parque industrial que creció más rápido que la red eléctrica que lo alimenta.

Pero, si somos honestos, no tenemos una respuesta simple, clara y consensuada.

No contamos con una especie de “boleta de calificaciones” de la infraestructura mexicana y esa ausencia no es sólo un tema técnico, es un vacío que termina llenándose con discursos: “nunca habíamos estado mejor”, “todo está mal”, “antes se hacía, ahora no se hace”, según convenga al momento político.

Hace años, una idea empezó a perseguirme y aún no me suelta: ¿por qué no tenemos en México una calificación seria, periódica y hecha por ingenieros de nuestra infraestructura?

La chispa: una conversación entre gremios

Durante mi gestión como presidente de la Federación Mexicana de Colegios de Ingenieros Civiles (FEMCIC), esa pregunta tomó forma en una reunión regional en el centro del país. Éramos varios presidentes de colegios y representantes del gremio, hablando de lo que vemos todos los días: carreteras agotadas, sistemas de agua al límite, puentes con mantenimiento insuficiente y nuevos polos industriales presionando una infraestructura que envejece.

En ese contexto, el Ing. Luis Rojas Nieto, entonces presidente del Colegio de Ingenieros Civiles de México (CICM), comentó el ejercicio que realizan los ingenieros civiles de la ASCE en Estados Unidos: el “Report Card for America’s Infrastructure”, un boletín donde, de forma periódica, se pone una calificación –de la A a la F– al estado de la infraestructura de ese país.

Yo salí de esa reunión con una pregunta muy clara en la mente:

“¿Y por qué nosotros no tenemos nuestra propia ‘calificación’ de la infraestructura en México?”

Desde entonces, esa pregunta ha vuelto una y otra vez en mi práctica profesional, en el gremio y en los pasillos de los proyectos.

Dos Méxicos conviviendo en la misma infraestructura

Cuando me tocó encabezar la FEMCIC dimos un paso que considero valioso: organizamos el trabajo gremial en coordinaciones por tipo de infraestructura.

Carreteras, agua, energía, movilidad urbana, vivienda… cada coordinación con sus especialistas, su agenda y sus propuestas. Eso ayudó a ordenar mejor la voz técnica y a ver la infraestructura como sistemas, no sólo como obras sueltas.

Sin embargo, hay que reconocerlo: esa estructura todavía no se ha traducido en un documento claro, sintético y contundente que le diga al país, con lenguaje sencillo, cómo estamos en infraestructura.

Mientras tanto, en campo vemos todos los días dos Méxicos conviviendo:

Un México que sí construye ampliaciones portuarias, proyectos ferroviarios, corredores logísticos, parques industriales impulsados por el nearshoring, nuevos hospitales, nodos urbanos en crecimiento, obras carreteras importantes.

Y un México que no alcanza a mantener lo que ya tiene: redes de agua potable envejecidas y con fugas generalizadas, drenajes que se saturan con la primera lluvia fuerte, caminos rurales que llevan años sin conservación rutinaria, sistemas de transporte público saturados, desarticulados o francamente informales. infraestructura social profundamente desigual entre regiones y municipios.

Quienes leen esta revista lo conocen bien, hay datos, informes sectoriales, estadísticas de inversión, estudios académicos, reportes de competitividad, pero lo que no tenemos es una pieza que los junte y los traduzca en un mensaje simple para el país:

“En este sistema vamos bien, en este vamos al límite, en este estamos reprobados.”

La palabra incómoda: “calificar”

Hablar de calificar la infraestructura suena, para algunos, agresivo. La palabra despierta miedos: ¿vamos a reprobar a alguien?, ¿a exhibir gobiernos?, ¿a señalar con el dedo?, pero yo prefiero verlo de otra manera.

En la escuela, una calificación no existe para humillar, sino para ubicarnos: para saber si vamos aprendiendo lo necesario, si estamos al borde del fracaso o si de plano no estamos logrando el objetivo.

Con la infraestructura pasa lo mismo, si no nos atrevemos a decir “esto está en 8, esto está en 6, esto está en 4”, la conversación se queda en percepciones: “Nunca se había invertido tanto”, “Estamos peor que nunca”, “Antes sí se hacía planeación, ahora no”, o al revés.

El gremio de los ingenieros civiles tiene algo que ningún otro actor posee: credibilidad técnica y experiencia directa en territorio.

Por eso la pregunta de fondo es incómoda pero necesaria: ¿Vamos a seguir hablando de infraestructura sólo en términos de proyectos o anuncios, o nos vamos a atrever a construir una calificación del sistema completo?

Hacia una “calificación” hecha por ingenieros civiles organizados.

Más que copiar modelos de otros países, lo que propongo es algo muy simple en su formulación y muy profundo en sus implicaciones: Que los ingenieros civiles organizados asumamos la tarea de ponerle calificación a la infraestructura de México.

No se trata aquí de entregar un manual ni de definir tecnicismos; cualquier modelo serio tendría que construirse con calma, con muchas manos y muchas miradas: colegios, federaciones, academia, especialistas sectoriales, empresas y, eventualmente, organismos internacionales.

Lo importante, a mi juicio, es que esa “Calificación de la Infraestructura en México” tenga algunas características básicas, donde sea un diagnóstico periódico, y no solo un informe que aparece una vez y se archiva.

Y que ponga el foco en sistemas de infraestructura, no sólo en obras emblemáticas: que revisemos a fondo la movilidad y transporte, agua y saneamiento, energía y conectividad, infraestructura social, infraestructura para la resiliencia. Y que se base en criterios técnicos estables (capacidad, condición, financiamiento, operación, seguridad, resiliencia…), para que no cambien con cada administración.

Así mismo, que tenga una lectura independiente, en el sentido de que la metodología y la interpretación de los resultados estén en manos del gremio técnico, y no subordinadas al gobierno en turno.

Que se exprese en lenguaje entendible, para que un gobernador, un alcalde, un director de fondo, una empresaria o un ciudadano puedan leerlo en pocos minutos y entender dónde estamos parados.

No hablamos de una tesis especializada, sino de una boleta de calificaciones del país: un espejo construido con rigor técnico que nos diga, sin adornos, la situación de nuestra infraestructura.

Un nuevo contexto: gremios hablando de políticas, no sólo de obras

En los últimos meses he escuchado, en distintas conversaciones, que el CICM y la FEMCIC, junto con otros organismos del sector, participan en un espacio nacional orientado a discutir políticas de infraestructura: un consejo, mesa o comisión con ese enfoque.

No pretendo describir su funcionamiento ni hablar en su nombre; no me consta en lo personal la operación interna de ese espacio, pero sí alcanzo a ver una oportunidad relevante: Por primera vez en mucho tiempo, varios actores clave de la infraestructura se sientan a hablar de políticas públicas, no sólo de contratos ni de obras específicas.

Si ese tipo de espacios se consolida y madura, podrían convertirse (si así lo decide el propio gremio) en un vehículo natural para discutir y, eventualmente, alojar un ejercicio de calificación de la infraestructura mexicana. No como producto de un gobierno, sino como resultado de un trabajo intergremial al servicio del país.

¿Por qué debería importar esto a lectores empresariales y directivos?

Una “calificación” seria de la infraestructura no es un capricho académico ni un lujo gremial. Es, en términos prácticos, una herramienta de negocio y de gobierno.

Para las empresas del sector (constructoras, consultoras, desarrolladoras, proveedores): permitiría identificar en qué sistemas y regiones la brecha de infraestructura se traduce en oportunidades de proyectos bien estructurados y ayudaría a anticipar riesgos: dónde la falta de infraestructura puede frenar inversiones productivas o elevar costos de operación.

Para los gobiernos estatales y municipales: Funcionaría como una hoja de ruta incómoda pero útil: muestra dónde se están acumulando pasivos, qué territorios requieren intervención prioritaria y qué decisiones ya no pueden seguir postergándose.

Para la banca, los fondos y los inversionistas: sería una pieza más en el análisis de viabilidad y riesgo país: la infraestructura deja de ser una “caja negra” y se convierte en un mapa claro de capacidades y carencias.

Y finalmente para la ciudadanía:

Hace visible que muchos problemas cotidianos como la falta de agua, inundaciones recurrentes, horas perdidas en el tráfico, clínicas incompletas, etc., no son hechos aislados, sino síntomas de sistemas de infraestructura mal cuidados, sub financiados o mal planeados.

Recordemos que una buena calificación no es un aplauso; una mala calificación no es una condena. En ambos casos, es una guía de acción.

Del orgullo de construir al deber de medir

Los ingenieros civiles mexicanos hemos demostrado, una y otra vez, que sabemos construir y que sabemos responder en momentos críticos. Esa parte está acreditada en cada obra compleja que se concluye, en cada infraestructura que resiste y en cada emergencia atendida.

Sin embargo, el momento histórico que vive México como el nearshoring, presión urbana, cambio climático, brechas regionales, demanda social de mejores servicios, nos exige dar un paso más: pasar del orgullo de construir al deber de medir.

De ser solamente constructores de infraestructura, a convertirnos también en curadores del patrimonio público, capaces de evaluar, con rigor y de cara al país, el estado de esa infraestructura que hemos ayudado a levantar.

No propongo un nombre, una marca ni un organismo nuevo. Propongo algo más sencillo y, al mismo tiempo, más ambicioso: que el gremio de los ingenieros civiles se tome en serio la tarea de construir, de manera ordenada y periódica, una “calificación” de la infraestructura en México, hecha por ingenieros y al servicio de todos.

La primera calificación, probablemente, no nos va a gustar. Habrá más “6” y “5” de los que nos sentimos cómodos reconociendo. Pero sin ese primer corte de caja, todas las conversaciones seguirán flotando en el aire.

La pregunta no es si el país necesita este diagnóstico. La pregunta, más directa, es: ¿Estamos dispuestos, como gremio, a asumir esa responsabilidad y mirarnos al espejo de la infraestructura que nosotros mismos hemos construido?

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