La arquitectura con impacto social

• Involucrar a la comunidad en el diseño convierte los espacios en verdaderas herramientas de cambio social.

Por: Antonio Garza Ferrigno

Nuestras ciudades tienen un gran problema: la carencia de infraestructura digna que realmente cumpla con las necesidades de la comunidad inmediata. Durante mucho tiempo he creído que la solución podría ser sencilla e incluso inmediata; sin embargo, la falta de voluntad por parte de diversos actores políticos y la limitada participación de la sociedad civil han provocado que la mayoría de las colonias en nuestro estado carezcan de espacios capaces de transformar comunidades enteras de manera positiva.

Podríamos dedicar muchas cuartillas a analizar cuál es el origen del problema: ¿qué es lo que realmente falla más?, ¿el espacio, el sistema o la forma en la que se diseñan ambos? Lo cierto es que el espacio ya no responde a las realidades de una sociedad que vive con un dinamismo cada vez más intenso.

La mayoría de los municipios generan espacios obsoletos: algo de iluminación artificial, un buen trabajo de pintura y mobiliario tradicional, todo pensado únicamente para obtener una buena foto para la inauguración o un render atractivo para el inicio de cada obra. Estas intervenciones carecen de alma; no cumplen con las necesidades reales de la comunidad porque rara vez se le pregunta o se le hace partícipe del proceso de diseño. Y, por si fuera poco, estéticamente tampoco contribuyen al mejoramiento del entorno.

Estos edificios deben dejar de entenderse únicamente como un objeto terminado, digno de un post en Instagram o de un video en Facebook. La arquitectura no se vive a través de una foto. Los espacios deben comprenderse como un medio de transformación, capaces de detonar educación, sentido de pertenencia y nuevas dinámicas sociales positivas alrededor de donde son construidos.

En este sentido, eso es precisamente lo que buscamos hacer en Proyecto Reacciona, que es el eje principal de cada espacio que intervenimos. En cada proyecto procuramos involucrar a la comunidad en todo el proceso: desde el diseño del espacio, pasando por la construcción y, posteriormente, acompañando y aconsejando al municipio encargado para que también los involucre en el seguimiento. De esta manera, la comunidad puede apropiarse del espacio y comenzar a utilizarlo como una verdadera herramienta de cambio social. Un proyecto exitoso es aquel que la misma comunidad llega a percibir como una extensión de su hogar.

Entiendo que en el camino existen muchas carencias que dificultan la realización de un proyecto arquitectónico que cumpla con todas las necesidades de una comunidad: presupuestos limitados, contextos complejos y restricciones normativas y sociales. Por eso es fundamental conocer y estudiar a profundidad el contexto, y aprovechar al máximo la infraestructura que ya se tiene a la mano.

Existen innumerables espacios que ya están en uso y cuentan con personas operándolos, que con pocos recursos, pero con un buen análisis del lugar y un diseño inteligente, pueden cobrar nueva vida. La falta de recursos obliga a diseñar con más inteligencia; esto no significa crear algo de menor valor. Al contrario, este tipo de limitantes, en mi caso, me ha llevado a explorar nuevos métodos constructivos para resolver distintas problemáticas sin dejar de lado lo estético.

La arquitectura social es arquitectura con un enorme valor para nuestro entorno. La infraestructura social es sumamente importante y necesaria para nuestras ciudades. Necesitamos comenzar a reconocer el valor de estos espacios y transformarlos poco a poco, porque la transformación de cada uno de ellos, si es bien administrada, puede contribuir a la transformación positiva de una comunidad entera.


SEMBLANZA

Antonio Garza Ferrigno, nacido en Monterrey, Nuevo León, en 1989, es arquitecto graduado de la Universidad de Monterrey en el año 2013.

En 2012, aún siendo estudiante de la carrera de Arquitectura, fundó la asociación civil Proyecto Reacciona, con el objetivo de llevar la arquitectura a las zonas más vulnerables del estado de Nuevo León.

En 2013 fundó el taller de arquitectura y construcción Antonio G. Ferrigno, desde donde desarrolla proyectos de carácter social, urbano y arquitectónico.

Su trabajo ha recibido múltiples reconocimientos y nominaciones por plataformas como ArchDailyGlocal e ICON, y más recientemente fue reconocido con el CALLI dentro de la categoría de Arquitectura para la educación y la cultura dentro del apartado de Espacios Culturales con la obra Biblioteca Cereso 2, con la cual fue seleccionado de igual forma como ganador absoluto de la XXIII Bienal de Arquitectura de Nuevo León.

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