Desde hace décadas convivimos con los PFAS, esos conocidos como “químicos eternos”, una familia de decenas de miles de compuestos artificiales famosos por su capacidad para repeler agua, grasa y calor. Sus favorecedoras propiedades los han integrado en utensilios de cocina, textiles, bandejas, espumas contra incendio y cosméticos, y se han convertido en omnipresentes. Su infame resistencia a la degradación les permite permanecer en nuestro entorno y cuerpos por siglos, acumulándose en agua, suelos y sangre. Estudios vinculados a ellos revelan asociaciones con cáncer, problemas en el sistema inmune, alteraciones endocrinas y desarrollo neuronal afectado.
El caso de Kallinge, Suecia, ilustra un escenario preocupante: tras décadas de uso de espuma AFFF en una base militar, las concentraciones de PFAS en el agua potable alcanzaron niveles hasta 2 450 veces superiores a lo aceptable. Las implicaciones para salud pública se reflejaron en que hasta el simple hecho de portar PFAS en la sangre fue judicialmente reconocido como un daño personal. Asimismo, en Stanton, Delaware, una planta de tratamiento impulsada por Veolia actualmente procesa 30 millones de galones de agua al día para centenares de miles de habitantes. Aunque logra retener los PFAS mediante carbón activado, no los destruye, lo que plantea un dilema sobre el destino de los residuos retenidos.
La regulación se enfrenta a presiones políticas y económicas. En EE. UU. la EPA ha actuado designando como sustancias peligrosas al PFOA y al PFOS, lo que permite activar mecanismos de descontaminación bajo la ley Superfund, pero otros compuestos quedan al filo de definiciones cambiantes, mientras potencias como la UE buscan marcos más firmes.
Ante el reto de limpiar el legado tóxico, surgen tecnologías prometedoras: la oxidación en agua supercrítica (SCWO)—que combina alta presión y temperatura para romper los resistentes enlaces carbono-flúor—ya se aplica en sitios móviles como el PFAS Annihilator® de Revive Environmental, con reportes de destrucción de compuestos casi al 100 %. Otras alternativas, como la oxidación electroquímica con electrodos de grafeno dopado, muestran eliminaciones parciales en laboratorio; aún falta potencia industrial, pero dan pie a un camino hacia sistemas más adaptables y modulares . Los tratamientos con plasma frío han logrado degradar diversas moléculas PFAS en condiciones de laboratorio, abriendo la puerta a soluciones aún por escalar y verificar a nivel real.
El escenario que se dibuja nos lleva a un punto crítico: reconocemos la amenaza que representan los PFAS, conocemos sus impactos y enfrentamos dilemas técnicos y regulatorios. Mientras tecnologías avanzan, aún no existe una solución universal ampliamente distribuida. La pregunta pendiente es si lograremos transformar estos avances en realidades accesibles, integradas a políticas públicas y comunidades. ¿Podremos convertir estos químicos eternos en un problema finalmente solucionado o seguiremos vigilando, removiendo y retardando un legado construido sin prever sus consecuencias?
El desenlace de esta historia aún no está escrito.



