La ingeniería mexicana, tiene un reto urgente: preservar lo construido y proyectar un país con carreteras eficientes y sustentables.
El diálogo con Clemente Poon se abre como quien abre una ventana a medio siglo de ingeniería mexicana. Su voz tiene esa mezcla de firmeza y serenidad que solo da la experiencia. Se graduó como ingeniero civil en 1979 en la Universidad Autónoma de Guadalajara, aunque su historia comenzó mucho antes, cuando un joven de Sinaloa tuvo que dejar su hogar para estudiar sin más brújula que sus propias decisiones. Recuerda que aquella independencia forzada lo marcó profundamente: le enseñó a sostenerse solo, a mirar el futuro y a trabajar con disciplina. “Un joven de dieciocho años se fue de su casa a vivir y a estudiar… eso me ayudó a formarme”, comparte, como quien mira el pasado con gratitud.
Su vida profesional inició de inmediato. El día después de su graduación, ya estaba trabajando en la Secretaría de Comunicaciones, impulsado por un maestro que vio en él el brillo de los ingenieros que no se quedan quietos. Le tocó, siendo estudiante, participar en la carretera Hidalgo – Mazatlán en Guadalajara, casi un presagio de lo que vendría después. Lo narra con cierta sorpresa, como si aún le impresionara que aquella casualidad definiera tanto su destino.
Las décadas siguientes fueron un viaje por algunas de las obras más complejas del país, especialmente durante sus periodos como director general de carreteras. Ríe cuando recuerda que, para esos años, muchos ingenieros experimentados ya se habían retirado y su generación tuvo que tomar el timón. Entre esas obras emblemáticas está la carretera Hidalgo–Mazatlán, levantada al filo de la Sierra Madre Occidental, donde cada decisión tenía un peso ecológico. “Tuvimos que aprender cómo salvaguardar flora y fauna, cómo moverla y reinstalarla. Y también tuvimos que hacer túneles… México tenía años sin hacer túneles”, explica. Aquella carretera sumó 61 túneles y más de 30 kilómetros de estructuras entre puentes y excavaciones. Fue, dice, una escuela viviente donde los ingenieros mexicanos demostraron que podían alcanzar retos de talla mundial.
El otro capítulo de su vida se escribió en la trinchera gremial. Ha sido presidente de tres organizaciones distintas, cada una con su propio carácter. En la Asociación Mexicana de Vías Terrestres convivió con especialistas de carreteras y puertos; en el Colegio de Ingenieros Civiles de México abrió el abanico a disciplinas de agua, estructuras y edificación; y en la Federación Mexicana de Colegios de Ingenieros Civiles encontró algo que valora enormemente: la horizontalidad. “Somos pares. El de Mexicali, el de Oaxaca, el de Cancún… todos somos iguales”, cuenta con entusiasmo. Habla de esas reuniones como encuentros entre amigos, sin jerarquías duras, donde el afecto profesional se mezcla con la camaradería que solo se construye entre quienes comparten una misma vocación.
La academia también forma parte de su ruta. Ingresó a la Academia Mexicana de Ingeniería tras presentar un estudio de los túneles de la Hidalgo–Mazatlán, un homenaje implícito a la obra que marcó su carrera. Hoy participa en la comisión de admisión, revisando expedientes y buscando, como dice, “gente de valor”, ingenieros cuyo currículum vaya más allá de lo ordinario.
Cuando la conversación se vuelve hacia los jóvenes presidentes de colegios y asociaciones, su respuesta emerge casi paternal. Les aconseja aprender, escuchar a los ingenieros con experiencia y aprovechar una sabiduría que, si no se transfiere, se pierde. “Treinta y nueve años en la Secretaría… cuarenta y tres años en este trabajo. Ese valor se pierde si los jóvenes no nos aprovechan.” Habla con la convicción de quien entiende que el conocimiento no es para guardarse, sino para heredarse.
Su visión para México es tan pragmática como profunda. Antes de construir lo nuevo, dice, el país debe preservar lo que ya tiene. Más de cincuenta mil kilómetros de carreteras requieren atención urgente: mantenimiento, conservación y modernización. Carreteras en buenas condiciones abaratan costos logísticos, reducen emisiones, mejoran la seguridad y dinamizan la economía. Después vendrán las ampliaciones, los tramos nuevos, los libramientos que liberen a las ciudades del tránsito pesado y mejoren la calidad de vida urbana. “Las carreteras son el inicio de todo. Habiendo carreteras, hay salud, hay educación, hay desarrollo.” Con esa frase resume toda una filosofía de infraestructura.
El futuro, reconoce, también implica abrazar nuevas herramientas. La inteligencia artificial está transformando la ingeniería y reta especialmente a quienes, como él, pertenecen a generaciones previas a la era digital. Propone usarla con criterio, como instrumento al servicio de las personas y no al revés. Y señala que los colegios y asociaciones serán clave para capacitar al gremio y mantenerlo actualizado.
La conversación termina, pero queda la sensación de que hablar con Clemente Poon es mirar un mapa del país desde la perspectiva de quien ha caminado cada kilómetro. Su historia no es solo una trayectoria profesional; es una metáfora del ingeniero mexicano que se hace a sí mismo, que aprende de otros, que construye en comunidad y que mira siempre hacia adelante. Cuando se despide, deja un mensaje que resume su espíritu: “Nunca dejemos de prepararnos. Siempre hay que estar al día”. En sus palabras, México parece no solo un territorio, sino una obra en proceso continuo. Una obra que, como él, se levanta con paciencia, visión y la certeza de que el futuro se construye paso a paso.



