Por: MSc. Arch. Urb. Raúl Martínez y Msc. Mariana Fajardo
Cada 8 de marzo nos recuerda que la ciudad no es neutra. Que sus banquetas, parques, estaciones y plazas no son solamente infraestructura sino escenarios donde se materializan relaciones de poder, jerarquías históricas y silencios estructurales. Hablar de la mujer en el espacio público es hablar del derecho a existir sin miedo, del derecho a ocupar sin justificar, del derecho a permanecer sin ser cuestionada.
En las últimas décadas hemos visto avances como la implementación de luminarias más potentes, botones de pánico, vagones exclusivos, campañas contra el acoso, parques “incluyentes”. Sin embargo, persiste una contradicción profunda. Aunque el discurso de la inclusión ha ganado fuerza, la mayoría de los espacios públicos siguen siendo concebidos, proyectados y decididos bajo una lógica predominantemente masculina. No necesariamente por mala intención, sino por inercia histórica. La ciudad fue pensada, durante siglos, desde una experiencia de movilidad lineal: casa–trabajo–casa. Una experiencia que no refleja la complejidad cotidiana de millones de mujeres.

La mujer contemporánea —en México y en el mundo— participa activamente en el ámbito productivo, académico, político y cultural. Al mismo tiempo, sigue sosteniendo de manera desproporcionada el rol de cuidadora. De niñas y niños, personas mayores, personas enfermas, tareas domésticas. Esta doble o triple jornada configura patrones de movilidad fragmentados, trayectorias múltiples, tiempos entrecortados. La ciudad que responde eficientemente a desplazamientos directos no necesariamente responde a itinerarios encadenados, por ejemplo: dejar a una hija en la escuela, tomar transporte público, trabajar, comprar alimentos, acompañar a una persona mayor al médico, regresar a casa.
¿Desde dónde se diseñan esos recorridos complejos? ¿Dónde se considera el tiempo del cuidado como variable urbana?
El espacio público revela estas tensiones. La iluminación no es solo una cuestión técnica; es una condición de autonomía. La visibilidad no es solo estética; es simbólica. La accesibilidad no es únicamente normativa; es cotidiana. La percepción de inseguridad no surge del vacío, sino de experiencias acumuladas de violencia, acoso o vulnerabilidad. Cuando estos factores no se integran desde el origen del proyecto urbano, el resultado es un espacio aparentemente neutral que, en la práctica, excluye.
El artículo de Pereira y Rebelo (2024) aporta herramientas valiosas al proponer indicadores e instrumentos digitales que permiten medir comportamientos, percepciones y niveles de satisfacción de distintos grupos demográficos en el espacio público. La posibilidad de sistematizar datos comparables es fundamental. Sin evidencia, la desigualdad permanece en el terreno de lo anecdótico; con datos, se vuelve argumento técnico y político. Sin embargo, incluso las mejores métricas deben acompañarse de una transformación más profunda. Debemos modificar la dinámica de quién diseña, quién decide y desde qué experiencias se proyecta la ciudad; de la individualidad masculina hacia un equipo multidisciplinario, donde la diversidad de voces y géneros puedan ser visibilizadas.

Porque el espacio público no es solamente físico, es también cultural, social y perceptual. Cuando las calles llevan mayoritariamente nombres masculinos, cuando los monumentos celebran hazañas de hombres, cuando el arte urbano invisibiliza trayectorias femeninas, el mensaje es claro: la historia urbana no nos pertenece a todos. La representación simbólica importa, porque la ciudad educa. Enseña quién merece ser recordado y quién puede ocupar el centro.
Fortalecer la participación de mujeres —de distintas edades, contextos socioeconómicos y realidades territoriales— en los procesos de planificación no debe entenderse como un gesto de inclusión, sino como una condición de calidad urbana. Las ciudades más vitales son aquellas donde la mezcla de usos, la presencia constante de personas y la diversidad de actividades generan redes de cuidado colectivo. Un parque con comercio de proximidad, actividades culturales, iluminación adecuada y mobiliario pensado para diferentes cuerpos y edades no es solo más seguro, es mucho más humano.
En el contexto mexicano, donde las cifras de violencia de género siguen siendo alarmantes, hablar de espacio público implica también hablar de justicia territorial. No todas las mujeres viven la ciudad de la misma manera. La intersección entre género, clase, edad, discapacidad o pertenencia étnica produce experiencias diferenciadas. La mujer que camina en una colonia periférica sin transporte eficiente enfrenta retos distintos a los de quien transita por un corredor central con infraestructura consolidada. Integrar esta complejidad es parte del desafío.
El 8 de marzo no debería ser solo una fecha conmemorativa. Debería ser un punto de revisión crítica para quienes proyectamos, analizamos y gestionamos la ciudad. ¿Desde qué mirada estamos diseñando? ¿A quién escuchamos? ¿Qué datos consideramos relevantes? ¿Qué experiencias quedan fuera del plano?
Construir ciudades más seguras, inclusivas y equitativas exige integrar la perspectiva de género en todas las etapas de la planificación, desde el diagnóstico, el diseño, la implementación, la evaluación y la gestión. Implica reconocer el valor urbano del cuidado, redistribuir responsabilidades y visibilizar la diversidad femenina en el territorio.
No se trata de diseñar “espacios para mujeres” como categoría aislada, sino de transformar la lógica estructural del espacio público para que ninguna persona deba negociar su derecho a la ciudad.
Porque cuando una mujer puede caminar sin miedo, sentarse sin ser observada como intrusa, transitar con sus hijas o hijos sin obstáculos, participar sin sentirse invisible, la ciudad entera se vuelve más justa. Y una ciudad más justa no beneficia únicamente a las mujeres, sino que eleva la calidad de vida colectiva.
Este 8 de marzo de 2026, la pregunta no es si hemos hecho suficientes ajustes técnicos. La pregunta es si estamos dispuestas y dispuestos a replantear el paradigma desde el cual concebimos el espacio urbano. La igualdad no se ilumina únicamente con nuevas lámparas; se construye desde nuevas miradas colectivas donde los géneros no se opacan el uno al otro sino que construyen juntos, sin juicios, desde la escucha activa y la empatía del uno hacia el otro.



